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Tuesday, April 26, 2016

Museo Antonio Paredes Candia



La máquina de escribir blanca Olympia —fabricada en la extinta Yugoslavia a inicios de los años 70— aún tiene el papel en el que Antonio Paredes Candia escribió su última e inacabada obra de teatro. En él se muestra un glosario de palabras de origen aymara y quechua con su significado. “ZURRON CORRECHI. (LP).

Lenguaje popular. Apodo de carácter regional. Que hace corretear el surro a.c.r. de los oriundos del Cantón Sorata, Prov. Larecaja” (SIC), se lee de este trabajo literario que forma parte del único museo municipal de El Alto.

Al arribar a la parada de la línea Amarilla del Teleférico en Ciudad Satélite (El Alto), lo primero que llama la atención es una estructura circular de color amarillo y azul, con seis ventanas, que se destaca en lo alto. Los vecinos explican que se trata de un antiguo tanque que por mucho tiempo dotó de agua potable a los condominios de este sector de la urbe.

Arturo Cuevas, un universitario que vive en esta zona desde niño, todavía evoca los tiempos en que esta infraestructura era un gran recipiente de cemento que servía para almacenar el líquido, que estaba sostenido por pilares gruesos y contaba con escaleras metálicas para llegar hacia la parte más elevada. Así fue como lo encontró el escritor e investigador paceño Antonio Paredes Candia, quien bregó más de 10 años para mostrar su proyecto, llegar a un consenso con los vecinos y convertir este espacio en un repositorio donde se conserva su colección de libros y obras de arte, las que había acumulado durante toda su vida.

De esta manera, gracias al respaldo del Gobierno Autónomo Municipal de El Alto (GAMEA) y otras instituciones, el estanque fue transformado en lo que hoy es el Museo de Arte Antonio Paredes Candia, en honor al intelectual que vivió hasta sus últimos días en aquel lugar.

Después de caminar tres cuadras desde la parada del teleférico, entre el panorama de casas que fueron construidas por el Consejo Nacional de Viviendas (Conavi) desde 1969 —que de a poco son reemplazadas por edificios de dos a tres pisos—, destaca esta estructura que actualmente se encuentra rodeada por árboles y rejas que fungen como protectores.

Eddy Sullca, responsable del repositorio, es el encargado de dar la bienvenida a Arturo y a los demás visitantes. Es justamente en el ingreso donde comienza el recorrido por las galerías que muestran arte, producción literaria y más.

Uno de los últimos deseos del escritor y titiritero era que, después de su muerte, sus restos fueran enterrados en el jardín del museo. De esta manera, Paredes Candia fue sepultado en el lado izquierdo del jardín, en un sepulcro con una plaqueta que reza: “La tierra para la tierra”, el cual contiene una imagen pétrea de Wiracocha y otros símbolos tiwanakotas como únicos acompañantes.

El lugar ideal para conocer un poco más del escritor es la oficina desde donde dirigía el repositorio y en la que escribió algunas de sus últimas obras. Las paredes están colmadas por cuadros que muestran su figura de cabello largo y bigote plateados, siempre con libros a su alrededor; también están colgadas plaquetas y reconocimientos que recibió en vida. Al costado derecho, un estante metálico guarda 86 de las 113 obras de Paredes Candia, entre las que sobresalen Literatura folklórica (recogida de la tradición oral boliviana), la primera que escribió; Las muchas caras de mi ciudad, Historia gráfica y tradición oral, su última publicación, y la que tuvo más lectores, Sambo salvito, escrita en español y en aymara.

Como parte de sus recuerdos también se encuentran su paraguas, que le servía de bastón; la bufanda con la que salía a la calle; la guitarra con la que interpretaba música folklórica, y la mecedora con la que salía al patio para meditar y leer.

Para adentrarse un poco en la historia de El Alto, un muro muestra 18 fotografías de Julio Cordero, tomadas entre 1917 y 1930, que reflejan estampas de Ciudad Satélite, el Faro Murillo, el Corazón de Jesús, el Kenko y el aeropuerto.

En vida, Paredes Candia tuvo un patrimonio de 11.931 libros, que después donó al museo y que ahora llegan a 13.000 títulos que llenan la biblioteca, que además destina un espacio para una hemeroteca y más de 15 publicaciones en el sistema de escritura braille, para personas ciegas.

Desde afuera, el museo parece tener solo una planta y el exestanque, pero en realidad son cuatro niveles donde se exponen obras artísticas y restos arqueológicos. En el primer piso se encuentran los trabajos de los primeros egresados de la carrera de Artes Plásticas de la Universidad Pública de El Alto (UPEA), con obras hechas en carbón, tinta, óleo y técnica collage. En otro lugar destacado se exponen pinturas de Arturo Borda, Cecilio Guzmán de Rojas y Zoilo Linares.

En otro de los recovecos, la obra Aurora Consurens, de María La Placa, sirve a Eddy para someter a Arturo a un experimento, en el que se comprueba que la mirada de la musa en el cuadro no se aparta de quien la observa.

Asimismo, en la sala Carlos Ponce Sanginés —designada en honor al destacado arqueólogo boliviano— se exponen 82 piezas cerámicas de las culturas tiwanakota, inca, mollo y yampara, de entre los años 1250 y 1450 después de Cristo.

La riqueza arqueológica continúa en el piso superior, donde la exposición se completa con morteros, hachas y tumis de piedra, además de tupus de bronce.

El exestanque, que se destaca y atrae la mirada de las personas que visitan esta zona alteña, también permite apreciar la cordillera Real, desde el Huayna Potosí hasta el Illimani, a través de las seis ventanas, además de la parada del teleférico y las viviendas que rodean y hacen diferente a esta zona de la urbe alteña.

Cuando Arturo cuenta a los demás que en El Alto hay un museo que se encuentra dentro de lo que fue un tanque de agua, hay mucha gente que no le cree. “Es que le falta difusión”, trata de explicar. También admite que se debe a que su ciudad tiene el estigma de ser “demasiado popular” y que el arte es una expresión poco valorada. “Pero gracias a don Antonio, un personaje que se enamoró de esta urbe, contamos con este espacio que es una alternativa para la muestra de obras artísticas y para que nuestros niños cuenten con un lugar donde realizar sus investigaciones”. La tarde empieza a caer, aunque el museo aún cuenta con público. Son varios los ambientes por visitar y el tiempo resulta corto. Existen prejuicios acerca de El Alto, pero pocos se atreven a rebuscar en esos refugios que, en este caso, destilan arte con mucha historia.

La vida del escritor

Nacido en La Paz el 10 de julio de 1924, hijo del reconocido historiador boliviano Rigoberto Paredes y de Haydée Candia, una lectora de la literatura universal, Antonio Paredes Candia estudió en la escuela Félix Reyes Ortiz, en el colegio nacional San Simón de Ayacucho, ambos de la sede de gobierno, y en el Sagrado Corazón, de Sucre. Después de abandonar sus estudios universitarios, imbuido por las lecturas que le fomentaban sus padres, Antonio recorrió el país con el fin de rescatar y recopilar las tradiciones e historias de los pobladores. En esta aventura fundó ferias populares de libros en las poblaciones que visitaba y también adaptaba obras clásicas para representarlas junto a su compañía de títeres El K’usillo. De formación autodidacta, ejerció como profesor en los distritos mineros entre 1949 y 1950. La experiencia alcanzada en su periplo la convirtió en 113 libros publicados y otros muchos inéditos que resaltan tradiciones, cuentos, novelas, teatro y antologías. Quienes lo conocieron afirman que don Antonio tenía una conversación amena, pausada y lenta, como si tratara de contar una historia a un niño. Recorrer las calles junto con él implicaba escuchar anécdotas sobre personajes bolivianos y de la historia universal. Su cariño por los niños y los animales también se expresaba en su sentido del humor. Debido a su larga trayectoria en favor de la cultura, el Congreso Nacional le otorgó la Orden Marcelo Quiroga Santa Cruz, la Medalla al Mérito Cultural del Gobierno boliviano. También fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Privada Franz Tamayo (UPFT).

Miradas de Aurora

En el segundo piso del museo, el guía Eddy Sullca se detiene frente a un óleo pintado sobre lienzo. Entonces pide a uno de los visitantes que se pare al lado derecho de la imagen de la dama de cabello rojo, ojos verdes y vestido floreado. El ejercicio consiste en caminar de un lado al otro sin apartar la mirada.

Para sorpresa de los asistentes, queda la impresión de que los iris de la modelo siguen al ocasional invitado. Se trata del cuadro Aurora Consurgens, de María La Placa, de 2003, que según Eddy lleva la energía que le dio su autora. El otro ejercicio consiste en acercar la mano al cuadro. En ese ínterin se sienten áreas frías y calientes, dependiendo del lugar donde se encuentra. Como parte de la leyenda que hay en torno a esta pintura, también se cuenta que años atrás se encontraba en la planta baja del repositorio, pero la guardaron en el depósito porque los estudiantes sentían miedo de la mirada de esa bella mujer. Durante el tiempo en que estaba escondida, se indica que los vecinos veían en la medianoche a una musa con cabello rojizo y vestido floreado. Al mostrarles el cuadro, todos coincidían en que se trataba de la misma persona, por lo que desde ese momento se sacó la obra del almacén para que sea expuesta de manera permanente en los ambientes del repositorio.

La historia del escudo quemado

Como consecuencia del denominado “impuestazo” propuesto por el gobierno del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, un grupo de personas llevó a cabo una movilización (el 12 de febrero de 2003) que destrozó el peaje de la autopista, lo que dio inicio a los hechos vandálicos en varias zonas de El Alto, especialmente en las oficinas de la Alcaldía ubicada entre las calles 1 y Jorge Carrasco. El descontrol ocasionó que la turba destrozara y quemara la infraestructura municipal. Como efecto de estos desmanes, de una de las paredes del Concejo Municipal cayó un escudo de Bolivia hecho de granito. Antonio Paredes Candia, al observar este hecho, utilizó el paraguas que también le servía como bastón para alejar a los vándalos. Luego, transportó la pieza lítica hasta la Ceja, donde contrató a unos cargadores para llevarla hacia el repositorio, donde ahora se encuentra como recuerdo de aquellos días aciagos.

Festejo con la Noche de Museos

Para celebrar los 14 años de la inauguración del repositorio de Ciudad Satélite, el municipio de El Alto organiza para el sábado 28 de mayo la primera Noche de Museos. Según Jaime Loza, jefe de la Unidad de Espacios Culturales, se está organizando un recorrido por el salón de exposición del Regimiento 3 de la Policía Boliviana, el museo Antonio Paredes Candia y el Museo Aeroespacial (dependiente de la Fuerza Aérea Boliviana, FAB). Por otra parte, Henry Mérida, director de la Unidad de Cultura de El Alto, informó que hasta junio culminará la construcción de la nueva infraestructura del repositorio municipal y la refacción de los ambientes que sufren deterioros por la humedad. “El museo estaba en mal estado, incluso no había promoción para atraer a más visitantes, por lo que estamos haciendo la refacción y la conclusión del edificio, con una inversión aproximada de 420.000 bolivianos”, dijo la autoridad edil.





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